El agua, la furia y la vida

Por Daiana Zilioli, periodista de la ciudad de Unquillo, Córdoba (y mi sobrina 🙂 ). Cuando leo algo que siento propio, me gusta compartirlo.

“Entrando la madrugada del 15 de febrero pasado, mientras ejercía mi profesión de periodista durante la segunda noche de los Corsos de Unquillo, el cielo cubierto anticipaba una pronta lluvia sobre la Ciudad. A pocos minutos de mirar hacia arriba, los signos de la naturaleza concretaban lo que parecía anticiparse.

Poco a poco, de llovizna a lluvia intensa, entre la humedad que provocaba la espuma sobre los que allí se encontraban y el agua que caía, provocó que algunos decidieran volver a sus hogares y otros tantos, los que la lluvia en el carnaval pareciera bendecirlos, se quedaran. Y la fiesta no terminaba, ni la cortina de agua que azotaba a la Ciudad, ni lo natural, ni lo imaginado y esperado, aceleraba el término de la velada.

De repente, lo artificial se hizo presente. El corte de energía eléctrica provocó que la indecisión de dar cierre a la noche de carnaval, se concretara. Y así fue. La furia del agua alrededor de las dos de la mañana se veía reflejada en sus cauces cotidianos que atraviesan el centro de Unquillo, arroyos provenientes de las sierras.

Lluvia intensa sobre el oscuro de una Ciudad que parecía presentir lo que horas después, entrando la luz del día, iba a padecer. Febreros grises, si los hay, se han vivido en este rincón del mundo. Así lo testifican las fotografías, los testimonios y mi experiencia. Pero el peor, sin precedentes en la historia de este lugar, fue el febrero de 2015.

La Pacha, con la picardía de su diablito del carnaval, despertó más fuerte que nunca, más fuerte que nada. Y el obrar del Hombre, desmedido, desafiante, provocador, obtuvo su respuesta. Las Sierras Chicas, sus valles, sintieron el poder del agua corriendo sobre sí, cubriendo parte importante de muchos de sus poblados; desde Ascochinga hasta La Calera.

Eran las 11 de la mañana y la tormenta no daba tregua. La preocupación de muchos de los que habitamos esta Ciudad, crecía minuto a minuto. Tal vez por creernos conocedores de las posibles consecuencias que provocaría la crecida de ríos y arroyos. Muchos de nosotros fuimos ilusos. Nada de lo que imaginábamos alcanzó para acertar en lo que sucedió una hora después y fue conocido, mucho más tarde. Apenas la intensidad de la lluvia comenzó a descender, muchos curiosos e intrigados, comenzamos a recorrer nuestras calles cercanas, nuestro barrio. Así fue como nuestros ojos se vieron sorprendidos por el nivel de daños causados por el agua.

La comunicación, la cotidiana, la profesional, se vio paralizada. Ni el boca a boca servía para conocer, para describir y mucho menos para comprender, lo que había significado la crecida inmensurable por esas horas, de ríos y arroyos. La energía eléctrica se vio afectada en primer lugar, por lo que ni los artefactos tecnológicos, con los que la comunicación instantánea se hace posible, funcionaba. La soledad comenzó a sentirse.

“Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo de puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas sepas de las plantaciones”, así, como refiriéndose a lo sucedido el 15 de febrero de 2015 en esta parte del mundo, lo escribía Gabriel García Márquez en su obra “Cien Años de Soledad”.

Con el correr de las horas y días comenzaron a conocerse relatos escalofriantes, historias para ser contadas y experiencias que se desean nunca más vivir. Un enojo manifiesto en todas partes y rincones de la zona, fue lo que la naturaleza dejó.

La realidad de los hechos fue marcando prioridades en el actuar de los que debían asistir primeramente, y luego, se precisó de más ayuda, de todo y de todos. Paradójicamente, agua que sobraba y agua que faltaba. Las necesidades básicas de muchos afectados por la inundación debían ser cubiertas a la brevedad; agua potable, comida, vestimenta y un lugar seguro para pasar las horas.

La solidaridad de muchos llegó rápidamente. La asistencia y apoyo de gobiernos (provincial y nacional) demoró un poco más.
La necesidad de comunicación efectiva, de vías concretas por donde llegar a más sectores, a toda la Ciudad, a toda la región, se hacía imprescindible con el correr de las horas. Información de emergencia, útil y necesaria para aquellos que se encontraban en situaciones críticas, debía circular. Y las vías eran casi inexistentes por esos momentos.

Con el correr de las horas, convirtiéndose en días, y luego en semanas, la reconstrucción de la Ciudad, de la comunidad, de las familias, comenzó. Pero la normalidad, lo que era, lo que fue, jamás.

El tiempo.

Tiempo de hablar de concreciones, de números, de porcentaje, de causantes, y también de posibles responsables.

Tiempo de reflexionar, de trabajar responsablemente y de encontrarnos en lo común; la vida, la convivencia armónica con nuestra madre, la tierra, la naturaleza, nuestra Pacha. Y continúa. Entre dichos y hechos, ¿hay un largo trecho?”

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