La esencia del antihéroe

En todas las series que se precien en las que el protagonista es un antihéroe, ya sea un mafioso como Tony Soprano, un policía corrupto como Vic Mackey en The Shield, o un fabricante de Meta-anfetamina como Walter White en Breaking Bad, al final la historia siempre es un camino de autodestrucción personal. El protagonista se va muriendo por dentro al mismo tiempo que cree que está avanzando en su escapada hacia delante. Puede que al final del camino solo encuentre la muerte como Tony Soprano, la soledad com Walter White o la destrucción de su alma como Vic Mackey, pero durante su camino luchan por salir adelante de todas las tesituras que les pone la vida, muchas de ellas generadas por sí mismos.

Tony Soprano
Tony Soprano

En mitad de su devenir hacia lo inevitable, por momentos se paran a reflexionar sobre su camino. Son conscientes de su propia condena a pesar de que les es totalmente imposible desligarse de su condición. Son poderosos, inteligentes y fuertes, lo que les ayuda a sobreponerse en mil y una ocasiones a los obstáculos que les pone la vida, haciendo lo que sea necesario para aguantar un día más, para superar un nuevo bache de su viaje con destino fatal. Son este tipo de personajes los que acaban enganchando a cualquier espectador por esa impronta que te dejan en la retina y en el alma. Y a mí como a muchos otros también me han marcado.

Cuando estoy en un viaje, en cualquier lugar, solo o perdido entre la multitud, tengo reminiscencias de las vidas de esos antihéroes mezcladas con la mía propia. ¿Hubiera sido capaz yo de tener que cavar mi propia tumba y seguir adelante como hizo Walter? ¿Hubiera sido capaz de matar a mi compañero como hizo Vic? ¿Habría podido traicionar a mis compañeros como hizo Tony para sobrevivir? ¿Habría podido llevar sus vidas?

Vic Mackey
Vic Mackey

La vida, por suerte, no nos pone en tamañas pruebas habitualmente, pero en ocasiones pienso si será ese el destino de mi serie. ¿Será aquí donde terminará mi aventura? ¿Será este el final para la odisea de mi viaje? ¿Habrá sido esta la película que me ha tocado vivir? ¿Habrá merecido la pena todo para esto? Lo cierto es que mi vida está a años luz de ser tan emocionante, adictiva y peligrosa como la de los tres personajes que he utilizado para novelar este artículo. Al fin y al cabo, yo solo soy un hombre lejos de trascendentales momentos y de la épica y el drama de las vidas de Vic, Walter o Tony. Solo soy una persona que pasa más horas en la reflexión que en el campo de la acción.

Como todos los hombres, porque solo soy eso, al final un día tendré que tener un final (permítanme la redundancia por lírica) y como decía Steve Jobs, puede ser hoy mismo. O tal vez mañana. O pasado. Pero habrá un día en el que aparecerá el cartel que reza The End. Ese día lo que hayas hecho quedará en la toma definitiva del largometraje de tu (o mi) vida. Tal vez ese día la gente se acuerde de ti un tiempo, pero luego se irá para siempre, porque nadie ve las reposiciones de series antiguas. Hay que dejar paso a las nuevas series. A Daredevil, a Game of Thrones, a House of Cards. No series antiguas de antiheroes carcomidos por su descenso a los infiernos que tanto se han fallado a sí mismos.

Yo he decidido volcar mi vida a la informática, y en este ajetreado vaivén en el que me he subido, he tenido dolores, fracasos, decepciones y he cometido muchos (y gordos e imperdonables) errores, que después de todo “Errare Humanum Est“. Esto me ha hecho sentir vivo. Muy vivo. Muy vivo porque duele mucho cuando te das cuenta de que podrías haberlo hecho mejor, que podrías haberlo visto venir y evitado ese dolor a ti o a una persona que quieres. En el fondo pienso que eso es bueno, porque no he dejado que el día a día de la vida haga de mi un antihéroe al que se le haya muerto el corazón. No me gustaría vivir con el corazón muerto. Me gusta Walter porque al final de su infierno sigue queriendo hacer algo bien. Sufre y reconoce sus errores, pero intenta arreglar algo antes de irse definitivamente.

También he de decir que he tenido grandes alegrías, grandes éxitos y grandes satisfacciones, además de pequeños momentos únicos que, por su singularidad y escasez, se hacen más bonitos aún en la memoria. Como todos los hombres que viven. En mi paso por el mundo he conocido a gente genial y maravillosa que me ha querido y que me ha odiado, seres a los que he dado alegrías y he decepcionado también. He bailado como un pato, he cantado en un concierto a voz en cuello, he llorado desconsolado, he reído incontrolablemente hasta que me ha dolido la panza, he sufrido con dolor y he disfrutado con gozo pleno. También he hecho reír, he hecho llorar, he dado alegrías y tristezas. Me he subido a un escenario delante de 1.000 personas y he estado a solas con alguien, arreglando el mundo, compartiendo ideas sobre la vida y haciendo planes para un futuro que luego se han frustrado. Y he vuelto a empezar. Porque vivir, al fin y al cabo, se vive en grandes dosis y en dosis pequeñitas.

Cuando me vaya todo eso se irá conmigo. Sin glamour ni mundanidad. Simplemente se irá. Y todas las penas, anhelos y problemas que atenazan mi alma también. Así como todas las alegrías, satisfacciones y éxitos que haya podido tener. Y en tu caso también pasará eso. Eso mismo.

Llegado a este punto de la narración, puede que estés pensando algo como ¿y este post de hoy tan raro a qué viene? o como dice un amigo mío “cambiá de dealer”. Tal vez sea solo que utilizo el blog como confesor y psicólogo encubierto al que contar mis elucubraciones escondiendo verdades, retorciendo mentiras, dejando mensajes y guiños en los rincones que menos se puede esperar un lector de vista ligera. Sin tanta justificación, la verdad es que simplemente hay días en los que dejo que la estética tome más control en las palabras para transmitir una idea por el placer y necesidad de jugar con las letras. Nada más.

Lo cierto es que toda esta reflexión sobre mi propia esencia como hombre, normal y medio, desprovisto de cualquier halo de magia o altivez solo es para dejar constancia de que al igual que cualquiera, tengo mis propios miedos, mis propias dudas y reflexiono sobre lo que soy, lo que he sido, lo que pude haber sido y lo que seré. Y como verás, no estoy ni tan siquiera cerca de poder responder a todas las cuestiones que en ocasiones me plantean sobre el futuro. No puedo decir si seré más próspero haciendo una cosa u otra y, por supuesto, ni mucho menos si seré más feliz o no. Sí puedo decir que de la serie de mi vida, donde el protagonista soy yo, hay escenas que cambiaría, palabras que hubiera dicho a tiempo, cosas que habría hecho o dejado de hacer. Seguro. Pero lo que tengo claro es que el protagonista seguiría siendo informático.

A lo mejor hubiera tenido una vida diferente si cuando tenía 21 años hubiera firmado al final para irme con una ONG a África como estuve a punto. O tal vez el día que descubrí que no era tan complicado meterse en un sistema de forma ilegal hubiera elegido el camino del delito. Tal vez podría haberme metido en el activismo político y utilizar el hacking para reivindicar ideas y acabar en la clandestinidad detrás de un nick del que nadie supiera a quién pertenece, que como todos los ciudadanos también tengo mis opiniones para mejorar el mundo. O tal vez hubiera podido llevar una vida tranquila viendo series en el sofá al llegar al hogar después de una jornada de trabajo.

Seguro que hubiera podido tener mil vidas diferentes (y aún espero tener alguna más que no me gustaría cortar esta serie en esta temporada ni en temporadas cercanas) pero tengo claro que todas ellas pasan por un protagonista con una computadora en las manos.  Si sirve de algo el decirlo, de todo lo que no sé de mi propia vida y de mi propio yo, una de las pocas cosas que tengo claras es que soy y seré informático. Solo soy un hombre (con todo lo bueno y todo lo malo), pero un hombre que es informático. La esencia de este antihéroe es ser informático. Walter era químico, yo soy informático.

Say my name…

Walter White
Walter White
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